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Entrevista a Marcelo de la Vega: Fungi corpórea, el hongo como cuerpo y homenaje

Desde la sala Bob Borowicz, en el Centro Cultural Montecarmelo, la artesana y diseñadora presenta una muestra de indumentaria inspirada en texturas y formas de la naturaleza.

Al entrar a la exposición Fungi Corpórea, ese mundo fungi que solemos imaginar diminuto de pronto crece y nos mira de frente. Con su colección, Marcela de la Vega construye una atmósfera que envuelve: tramas que respiran, superficies que ceden, y materia que parece estar viva.

En este tipo de piezas, que incluso podrían ser parte de una pasarela algún día, hay una invitación a detenerse, a mirar de cerca y valorar aquello que crece en silencio. Allí, la artista traduce y acerca a los visitantes el universo de los hongos chilenos en pliegues, volúmenes y caídas que se ajustan, se expanden y dialogan con el cuerpo.

¿Cómo llegaste al mundo de los hongos como tema central de esta muestra?

Entré al mundo de los hongos luego de haber expuesto sobre paisajes de animales e insectos de la región de Aysén, el hielo y los glaciares, y el viento. Chile es un país que tiene una diversidad de hongos fantástica y me interesa mostrarlos desde una plataforma distinta a la convencional. Siento que la artesanía es una manera de hacerlo que quizás no ha sido tan explorada.

¿Por qué ocupaste el vestuario como formato para esta exposición?

Lo uso como un medio, no necesariamente como ropa usable, aunque muchas de las piezas sí lo son. Lo que me interesa es el cuerpo como instrumento de soporte, y hay algo bonito en la indumentaria: nos identifica. Ponerse una ropa que representa un hongo tiene una dimensión de pertenencia que me parece poderosa.

Me tomó unas tres semanas hacer cada pieza, con un trabajo de taller bien constante. Esta vez trabajé sola, sin apoyo de talleristas. Para las formas usé un maniquí que se abre y cierra por talla, y eso fue todo.

¿Qué fue lo que más te cautivó al crear estas piezas?

Tenía una paleta de colores con la que quería trabajar, pero creo que las texturas y las formas terminaron siendo los elementos principales. Fue un ejercicio de síntesis: quería traer el hongo a la muestra de una manera contemporánea, que uno pudiera reconocer algo de él, pero que tampoco fuera tan obvio ni tan literal.

¿Qué referencias te orientaron en la investigación?

Revisé libros sobre hongos de Chile, de Giulana Furci (Fundación Fungi), para elegir cuáles quería representar, buscando los que me hicieran sentido desde lo que podía construir. También admiro mucho a las divulgadoras científicas que trabajan el tema, como Dinelly Soto, que pone el hongo al centro de su vida con una valentía y una potencia que me parece maravillosa.

¿Cómo orientaste tu trabajo luego de esa búsqueda?

Los hongos tienen una liviandad y una traslucidez que era difícil de mostrar con materiales, pero pude combinar su fragilidad con la seda y el volumen con la cuerda. Y en general procuro que los soportes se reutilicen. No soy absolutista en eso: a veces hay elementos de fierro o yeso necesarios para que la obra funcione, pero el hecho de usarlos en varias ocasiones ya le da otro sentido. Nada es de un solo uso, y me gustaría trabajar siempre pensando en materiales y formas de exhibir que sean generosas y amables con el medio ambiente. 

¿Desde dónde se construye tu mirada sobre la naturaleza para  esta exposición?

Hay algo de cuidado con el medio ambiente, pero más que nada creo que hay algo muy de mi infancia. Me crié en Coyhaique, y esa cercanía con la montaña, con el frío, con el hielo, me marcó con la sensación de que hay algo muy importante que cuidar. Es algo silencioso, interno. No siento que esté haciendo un llamado a la conservación: solo quiero homenajear esos mundos para que se sepa que existen, desde una mirada distinta.